01 de 06 de 2011

Cultura Eco: Por un aire limpio

Hace unos días, el ministro de Salud, Jaime Mañalich dijo que ante la pésima calidad del aire en Santiago, se debía considerar la idea que los autos catalíticos también tuvieran restricción vehicular. La negativa llegó de todos los sectores, incluso la ministra Secretaria General de Gobierno, Ena von Baer fue categórica al decir que si bien la contaminación ambiental era un tema que preocupaba en La Moneda, descartaban de plano la sugerencia del ministro Mañalich.
Lo cierto es que con o sin catalíticos, el aire está irrespirable en Santiago y no se ve una posible solución, ni en el corto ni en el largo plazo porque claramente, este es un tema de voluntades políticas, de sacrificios y de esfuerzos comunes. A estas alturas dependemos de San Isidro, que hasta el momento, no se pronuncia y de llegar a soltar el agua que tanto necesitamos, es un remedio de parche, que dura apenas un día.
Para llegar a una real solución, hay que ver cuál es el origen de la nube negra que nos acecha. Sabida es la historia de que Pedro de Valdivia no tuvo buen ojo para instalarse, pero si consideramos que en otras ciudades -como Temuco y Chillán- también están sufriendo por la mala calidad del aire, algo nos indica que no es sólo culpa del efecto olla. Un buen ejemplo es Londres, que hasta no hace tanto tiempo -mediados del siglo XX- sufrían por el smog (término que ellos acuñaron por la mezcla de las palabras smoke=humo y frog=niebla) producto de dos fuentes contaminantes importantes: las industrias instaladas en la ciudad y el carbón, combustible que utilizaban como calefacción. ¿Qué hicieron los ingleses? Sacaron las industrias de la ciudad y prohibieron el carbón (hasta el día de hoy), además de restringir el paso de autos a ciertas áreas de la ciudad, perfectamente cubiertas por el transporte público. Prácticos, como son ellos, terminaron con un problema que los tenía sumergidos en una crisis sanitaria.
¿Qué hacemos en Chile? Permitimos que el parque automotor crezca todos los años casi al doble. Permitimos que la leña sea uno de los combustibles más usados. Permitimos que las industrias funcionen en medio de la ciudad, incluso cerca de colegios y hospitales. Y permitimos que el transporte público esté en manos de privados que no responden a las necesidades mínimas de la población. Entonces ¿qué pasa? que seguimos respirando basura, con todo lo que eso implica para nuestra salud.
Sacar las industrias del perímetro urbano en una cruzada casi imposible, por razones políticas y económicas (me imagino que no es necesario ahondar en este punto). Imaginar que personas de la zona oriente de la capital van a dejar sus autos porque tienen un paradero de micros o una estación de Metro cerca de sus casas es iluso, por decir lo menos, aunque las condiciones de ambos medios de transporte mejoren 100% (hay estudios que avalan este punto). Menos posible es que se prohíban las estufas a leña de doble combustión porque ya se ha comprobado que contaminan casi lo mismo que una chimenea, y las siguen vendiendo en las grandes tiendas, además, la gente las sigue usando, aunque las autoridades decreten preemergencia. ¡Para qué decir de los asados! ¿Quién está dispuesto a sacrificar un día de sol sin el buen pedazo de carne a la parrilla aunque los niños y los ancianos se pasen el fin de semana en las salas de espera de las urgencias de los centros de salud?
Si no se parte de la base, es decir, del modelo predictivo, no hay caso. Porque ha quedado demsotrado que por muchos cambios que le hagan (bastante básicos, hay que decirlo), no da los resultados que se necesitan: de predictivos nada porque resulta que el mismo día que los índices indican niveles alarmantes, se toma la decisión de decretar alerta, pre o emergencia ambiental.
El escenario no es alentador, a pesar de que el Gobierno anunció la formación de una mesa de trabajo multisectorial para tomar medidas que disminuyan los índices de contaminación. Pero así como hemos sido capaces de volcarnos a las calles porque los cisnes de cuello negro se están muriendo en el Río Cruces; porque no queremos una Patagonia con represas o para que no se construya una termoeléctrica en Punta de Choros, podemos manifestar nuestra necesidad de un aire limpio, como lo merecemos todos, como un derecho de todo ciudadano. Quizás eso es lo que hace falta.

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